lunes, 31 de octubre de 2011

Amor de madre

Amor de madre

Julito cruzó el paso de cebra situado justo en frente de su portal. Volvía a casa con la mochila al hombro y con su particular seriedad permanente. Julito era un chaval no muy distinto del resto de chavales de doce años. No hacía gran cosa: marcar goles en el recreo, ignorar y criticar a las niñas de su clase… lo típico. Tenía un ego y una autoestima muy altos para un niño de su edad. Su mediocridad en los estudios era por pereza, no por falta de capacidad. Eso era algo que él tenía muy claro.

La puerta del portal estaba abierta. Subió las escaleras hasta el cuarto piso y tocó el timbre. Había solamente un pequeño detalle de la personalidad de Julito que lo desmarcaba del resto, sólo uno. A Julito había algo que le robaba el sueño: Julito quería asesinar a su padre. El chico amaba desmesuradamente a su madre, Tania. Amaba la forma en la que le trataba, le hablaba, le tocaba, le mimaba… La amaba con locura. La amaba hasta tal punto de sentir celos de su propio padre cuando éste la besaba, la acariciaba, o le decía algo cariñoso. Para Julito, el cerdo de su padre era demasiado vulgar para su madre. Y el deseo de matarlo despiadadamente era cada día más intenso. Él no la merecía, no era digno de ella.

Su madre abrió la puerta y le dio un fuerte beso en la mejilla. A los cinco segundos separó los labios de su rostro, dejándole una enorme mancha de carmín que en seguida borró cariñosamente con la mano y con algo de saliva de mujer. Julito sonrió, le dio un abrazo y la observó. Era lo más atractivo que había visto nunca. Apenas había cumplido los cuarenta y no los aparentaba, era rubia natural, esbelta y risueña, iba siempre arreglada y sonriente y olía como una femme fatale. Sencillamente irresistible.

Julito entró en el salón y besó a su padre Abraham con una naturalidad, cuando menos, forzada. Odiaba el tacto de su barba judía, le pinchaba y le raspaba la cara. Odiaba su expresión seria y borde, su calva, sus cejas gruesas, sus pelillos en la nariz, su olor a colonia barata… ¿Cómo podía su madre aguantar aquello? Estaba convencido de que ella también lo odiaba a muerte. Tenía que ser así a la fuerza, seguro, sin duda. La sola idea de pensar en ese rufián haciendo el amor con Tania le proporcionaba ganas de vomitar. Julito merendó viendo dibujos animados en la tele, sentado junto a su padre, quien leía el periódico tranquilo.

Todo parecía en orden hasta el momento en el que su madre dijo que saldría a hacer un recado, y al despedirse de ambos dos y dirigirse hacia la puerta, su padre tuvo la genial idea de darle un pequeño cachete en el culo a Tania, al cual ella respondió con una risita. Julito simplemente no pudo con aquello. Eso ya era demasiado. Se sobresaltó hasta tal punto que tuvo que fingir que tosía. Su padre había cruzado la fina línea entre una broma y una falta de  respeto hacia su madre y él no estaba dispuesto a pasarlo por alto.

Se dirigió a la cocina con naturalidad y sin mediar palabra y cogió el cuchillo más grande que encontró. “Ya no. Ya no volverás a tocarla, no volverás a tocarla nunca más.”, repetía para sí.

Ocultando el cuchillo con un trapo de cocina volvió al salón. El gran momento por fin había llegado. Su padre estaba inmerso en la lectura de “La Razón”. Lleno de odio y sangre fría, Julito clavó el cuchillo en su vientre profundamente y lo retorció con toda la fuerza que un niño de doce años puede llegar a tener. Julito miraba a su padre a los ojos y sonreía mientras el otro se retorcía de dolor con la boca abierta mirando a su hijo con cara de incredulidad. Julio Sacó el cuchillo de sus tripas con brusquedad mientras el sofá y el suelo se pringaban de sangre y su padre caía desplomado al suelo.

Julito se cambió de camiseta y echó a lavar la ropa ensangrentada. Cogió una buena postura en el sofá y siguió viendo los dibujos animados con el cadáver de su padre Abraham a poco más de un metro de distancia. Julio se desternillaba con los dibujos.

A la media hora se oyó el sonido de las llaves, y su madre Tania entró en casa. Julito fue corriendo a recibirla con una gran sonrisa y la abrazó con fuerza. Ella estaba radiante.
— Ya está mamá. Ya ha pasado lo peor. Ya nunca más volverá a molestarnos. Su madre le sonrió con su dentadura perfecta.
— ¡Ay Julito! ¿Pero de qué hablas, mi amor?
Tú sólo deja que yo me encargue mamá. Tú ya no te tienes que preocupar de nada en absoluto, ¿de acuerdo? Ante estas palabras su madre, inocente, se rió con ternura y le dio un gran beso a su hijo.
— ¿Pero se puede saber de qué estás hablando cariño?
Julito sonrió, apoyó su moflete derecho en el regazo de su madre, y dijo con los ojos cerrados:
— Pronto lo sabrás, Tania, pronto lo sabrás…

martes, 11 de octubre de 2011

Nadie jode con Floyd Mayweather


Nadie jode con Floyd Mayweather
Tan sólo habían pasado unas pocas horas desde que el combate había tenido lugar. Todo el mundo que había asistido al ring a ver a los dos púgiles se dirigía hacia su casa comentando la polémica de dicho combate.
“¡Mayweather es un sucio y un traidor! El árbitro debería haberle descalificado y dar la victoria a Ortiz.” –decían algunos. – “¡No, no, no! Ortiz se lo merece por dormirse en los laureles. Mayweather estaba en todo su derecho de golpear a Ortiz, el árbitro ya había reanudado la pelea. Mayweather no es un tramposo, ha sido un justo vencedor aprovechando el error de su rival.” – contestaba otro. – “Mayweather no es más que un bujarra, que se deje de abrazos y de besuqueos y que pelee, que es lo que tiene que hacer.” – apuntaba un tercero.
Sin embargo, lejos de toda esa muchedumbre de verborrea fácil, a kilómetros de distancia, en un bar de carretera, se encontraba nuestro amigo Mayweather sentado solo a una mesa, con gafas y sombrero, derrochando estilo, algo típico en él, frente a  una copa de whisky del caro, mientras fumaba un cigarrillo. No llamaba demasiado la atención, y menos en un bar como aquél, al que sólo solían ir borrachos, acabados, divorciados, parados y demás gentuza con mucho tiempo libre. Pero en esta ocasión se encontraba totalmente vacío a excepción del camarero y de un hombre en la otra punta del bar, sin levantar la vista de su periódico.
De pronto la puerta se abrió y entró un hombre en gabardina. Afuera llovía a cántaros. El individuo entró con gesto sobrio y se dirigió a la barra. Pidió un vaso de agua. Al recogerlo, se dirigió hacia la mesa de Floyd Mayweather, se quitó la gabardina y tomó asiento frente a él.
-Llegas tarde. –dijo Mayweather.
-Lo bueno se hace esperar. – contestó el otro.
En efecto, se trataba de Víctor Ortiz, su compañero de profesión. Se miraron fijamente durante unos segundos para finalmente acabar esbozando ambos una gran sonrisa.
-¿Te duele el golpe?
-Me diste bien fuerte. – respondió Víctor.
-Tenía que parecer creíble – añadió Mayweather – además, soy el campeón del mundo. ¿Qué coño quieres? Yo siempre pego fuerte.
-Siempre tan arrogante…
-¿Sólo bebes agua? ¿ No te tomas una copa ni en ocasiones especiales como ésta?
-Intento cuidarme. Tú deberías hacer lo mismo.
-A la mierda el cuidarse. Soy el campeón del mundo. Mi estilo de vida es vivir la dolce vita.
Hubo una pequeña pausa de 30 segundos en la que ninguno dijo ni hizo nada, salvo beber su copa. Daba la impresión de que ambos deseaban que aquello terminara cuanto antes. Entonces, Ortiz no pudo contener más su prisa y su exaltación.
-¿Trajiste la plata?
Mayweather bebió un trago antes de responder. Se terminó su copa.
-La tengo en el coche. –respondió. – Espera aquí 5 minutos y la tendrás.
Se levantó de su asiento y antes de dirigirse hacia su coche contempló a Ortiz, quien se encontraba sentado mirándole, le agarró del cuello de forma cariñosa y le dijo:
-Eres una gran persona. Una gran persona y un gran boxeador.
Ortiz sonrío y le devolvió el cumplido. Tras esto, Mayweather desapareció por la puerta.
Aquellos 5 minutos se le hicieron eternos a Ortiz. Le dio tiempo a terminarse su vaso de agua y a pensar en lo que haría con el dinero de la pelea amañada que acababa de perder tras pactarlo con Floyd Mayweather. Cosas de la vida.
En aquellos instantes el hombre del periódico se había levantado de su asiento. Ortiz lo observaba. Se dirigía a la salida. Entonces Ortiz lo entendió todo. Nadie jode con Floyd Mayweather. Pero ya era demasiado tarde. Aquel hombre sacó su pistola con silenciador y acertó en la cabeza del púgil. Salió del bar con total naturalidad. Afuera estaba Floyd Mayweather en su coche observando. El hombre se dirigió hacia el coche. Floyd bajó la ventanilla.
-Deuda saldada señor Mayweather. Está muerto.
-Lo siento mucho. Era un buen tío. Y en lo que a ti y a mí respecta, estamos en paz.
Subió la ventanilla y su coche se perdió entre la niebla. Una gran promesa acababa de morir asesinada. Posiblemente era el chaval que le quitaría el título de campeón mundial a Mayweather al cabo de un par de años, cuando éste ya estuviera decayendo. Pero ya no lo sería.
Mayweather puso la radio. Hablaban de su victoria. El púgil esbozó una media sonrisa.
“Nadie jode con Mayweather.” Dijo en voz alta. “Nadie jode con Floyd Mayweather.”