lunes, 7 de enero de 2013

Si no estalla ya



Si no estalla ya la revolución
te pido que cantes, no me tientes, ni me levantes del colchón
si no estalla ya la revolución
no nos jodas el colocón, ni a mí ni a mi botella de ron

Si no estalla ya la revolución,
quiero que sigas tocando esa guitarra,
hasta que no nos quede pasión o emoción
y no distinga este corazón de un montón de chatarra

beso a un putón, beso a otro putón
y aún con la sensación de que sigo siendo la más guarra
porque en eso se basa mi vida y mi canción
porque aun durmiendo en un cartón, seguiré siendo un macarra

si no estalla ya la revolución
volará este pájaro por galaxias bizarras
y nunca más preso tras estas barras
donde las cosas sólo son lo que son

Pues parece que no estalla la maldita revolución
y ahora que mi mano nadie agarra
por fin podré quedarme en la parra
que siempre ha sido mi verdadera vocación.
odiándoos a todos como buen punkarra
siendo estrella de rock de ninguna constelación.

lunes, 5 de marzo de 2012

El Jugador


El jugador
 

Hola, yo... soy un jugador.
Un jugador es alguien que juega y gana o pierde constantemente. Un jugador apuesta; un jugador juega sus cartas, se lo apuesta todo a un solo número. Pone toda su fe, entusiasmo y ambición en cada  decisión, cada movimiento, cada pugna. Y asume que es la gloria o la ruina lo que le espera tras cada jugada y cada paso que da. Esto, obviamente, supone un riesgo, pero no amilana al jugador en absoluto; nada más lejos de la realidad. De hecho, ahí reside todo el morbo del juego llamado vida. Si el éxito estuviera asegurado, el jugador automáticamente perdería todo el interés en triunfar, y por lo tanto en jugar, puesto que triunfar es consecuencia inmediata de jugar. El jugador ama el riesgo, ama estar en la cuerda floja como un equilibrista, porque sentirse así es un auténtico placer. Además, un verdadero jugador no puede evitar ver la parte divertida de no lograr lo que desea, pues es algo que le da experiencia y jamás le producirá algún tipo de desánimo o decepción, porque el joderla le hace sentir que está vivo, le recuerda que sigue formando parte del juego y que la sangre aún fluye caliente por sus venas, a diferencia de esos otros muñecos de trapo sin vida con aspecto de personas.

Y, hablando de esos otros… Sólo hay dos tipos de personas en este mundo: los jugadores y los testigos. Los testigos del juego sólo se dedican a mirar. Esto es así; los testigos sólo miran, observan cómo el jugador juega, y comentan sobre ello. Harán burla de sus errores y fracasos, y rabiarán y echarán espuma por la boca cuando les toque contemplar sus éxitos.

Todo esto tiene una explicación muy sencilla. El testigo tiene ciertas incapacidades,  como por ejemplo, la incapacidad de llevar el mando de su propia vida, la incapacidad de mirar a la gente a los ojos, de obrar con decisión. El testigo es un ser que no tiene conciencia. Son blandos, son débiles, son presas de su hermetismo. Esa seguridad innata que los caracteriza provoca a su vez una incapacidad de mirarse al espejo y autoevaluarse y compararse con un verdadero jugador de esos a los que odian.

Todo este comportamiento irracional esconde tras de sí la frustración del testigo por no poder comportarse como un verdadero jugador, libre de ataduras, complejos, e inseguridades en su ser. Son incapaces de ello. Les gustaría tener el coraje para actuar así, pero, sencillamente, no pueden, simplemente no están hechos para ello o se convencen a sí mismos de que no lo están. Algunos testigos no son realmente conscientes de esta frustración. Viven en su burbuja en la que nada ocurre y están cegados por su propia comodidad.

Por lo tanto, el jugador deberá soportar que la desgracia y mala conducta de los pobres testigos perturben su paz y sus sueños constantemente. Pero, eso es algo, amigos, que el jugador también asume que estará presente siempre, porque estos obstáculos también son parte del juego, parte necesaria. Y esto es algo que al jugador no le inhibe, le coarta, le limita o le impide actuar. Al contrario; le motiva, le da fuerzas, le da la rabia que necesita para vivir, le da el aliento para comportarse como un perro de presa y no dudar un solo segundo en poner toda la carne en el asador para ir en busca del éxito.

Así que, ésa es básicamente la descripción más simple de algo tan complicado como el mundo y el rol o papel que decidimos adoptar en él. La vida es el juego y nosotros los jugadores, pero sólo algunos de nosotros jugamos. Es decisión propia, motu proprio, es convencimiento de que no hay nada que perder salvo el miedo que tenemos en ocasiones a disfrutar y a pasarlo bien. Regocijarnos si la cagamos, disfrutar de la gloria cuando la obtenemos. Vencer el miedo a la muerte y al fracaso y actuar libremente es básicamente lo que yo entiendo por vivir. Hasta que no pilléis el concepto, no podréis gritar a los cuatro vientos que vivís la vida.

La vida es un juego, el gran juego, tiene un principio y un final. Y yo… sé que saldré a hombros triunfando o en una caja de pino, y me gusta esa idea, me encanta. Para mí es el único final posible. ¿Y vosotros? ¿Vais a jugar? ¿O… vais a mirar cómo jugamos?

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Dirty Love


Dirty Love

Kael la miraba fijamente a los ojos, sin apartar la vista ni un solo segundo. Costaba aguantarle la mirada. Tenía la capacidad de hacerte sentir como si estuviera riéndose de ti a pesar de estar con cara seria. Cara de poderío, de asesino despiadado. Cara de poder hacerte sufrir sin ni siquiera tocarte. Cada segundo de esa mirada era una puñalada.
Se encontraban en algo así como un sótano, una habitación con sofás, mesa, televisión, y sobre todo mucho desorden. Era o bien un local, o la casa de alguien que vivía muy ajetreado. La pequeña y valiente Yasmín, a pesar de hacérsele imposible controlar las lágrimas, le aguantaba la mirada a ese hijo de puta sin escrúpulos.

Kael le quitó a la niña el pañuelo que le cubría la cara de nariz para abajo, ahora la pequeña ya podía hablar y respirar sin dificultad. Se encontraba atada a una silla. Él se encontraba en frente, a un metro, sentado en una silla colocada del revés. El hombre se acarició la barba de dos días y se rió. Llevaba el pelo largo y ligeramente rizado, lucía barba de dos o tres días, que al ser medio moro, le favorecía intensamente. Tenía las facciones muy marcadas, y también rasgos moriscos, pero no exagerados; lo normal para alguien de padre argelino y madre española. Era un hombre atractivo. Además de ese mestizaje de razas y su metro ochenta y cinco, la mirada penetrante que tenía era su fuerte. Así era como había seducido a cientos de mujeres a lo largo de su vida.

Tenía una mirada que era imposible que te dejase indiferente, una de esas miradas que cuando se cruzan con tus ojos en la calle, en una fiesta, o en un supermercado, hacen que te sientas desnudo, que sientas que la otra persona puede conocer todo sobre ti en tan sólo un segundo: cómo piensas, cómo actúas y hasta lo que estás pensando en ese preciso instante. ¿Un hijo de puta? Tal vez. Pero era la vida la que le había llevado hasta esa situación, la que le había hecho ser así. Hubo un día en el que Kael tenía un gran corazón. Pero las consecuencias de una vida perra, muy perra, desgraciadamente lo habían transformado.

Parecía un traficante, un proxeneta, un delincuente. Parecía todo eso sencillamente porque lo era, así de simple.

Kael dio un respiro a la niña y de paso a sí mismo. Apartó por primera vez la vista de Yasmín y se mordió las uñas de la mano izquierda. Estaba cansado.
Suspiró y buscó su cartera en el bolsillo derecho de la chupa de cuero negro que lucía. La sacó, la abrió y sacó una bolsita con polvo blanco. Se puso una raya ante los ojos de la niña. La juntó y enderezó con su tarjeta VISA. Se la esnifó rápido y sin inmutarse, sin demasiada floritura. Estaba acostumbrado.

Movió la nariz y la mandíbula hacia los costados, se pasó la lengua por las encías y volvió a mirar a la niña. Yasmín era una niña árabe monísima, con unos preciosos ojos color verde esmeralda, pelo largo y suave, color negro azabache, piel marrón claro y adornada con un lunar a pocos centímetros por encima de la parte derecha de su labio superior. Sus padres habían muerto en la guerra de Irak y una ONG española de niños huérfanos la llevaron a Madrid para ponerla en adopción. Había vivido dos años en Madrid, en los que había aprendido a hablar español perfectamente. Aún no había sido adoptada, pero gracias a la corrupción de las mafias de prostitución infantil, que lo controlan casi todo oriente medio, allí se encontraba Yasmín.
– ¡Hola! Dijo Kael. Sonrió. ¿Tú eres Yasmín, verdad?
Tras un largo silencio…
–A ver preciosa, ¿qué sabes sobre prostitución? Hablaba sin acento magrebí, llevaba sus treinta y tres años de vida viviendo en el barrio de Aluche, que era donde vivían los inmigrantes y sus familias en Madrid y tenía el acento pillado.
La pequeña tardó un rato en responder, debido a su respiración acelerada y voz entrecortada.
–Tengo doce años. Sé todo lo que hay que saber acerca de la prostitución.
– ¡Bien! Jaja ¡Perfecto! Así me ahorro un ratillo de explicación. Hizo una pausa y siguió. Me llamo Kael, ¿de acuerdo, bonita? Tú y yo vamos a ser amigos. Yo nunca te voy a tocar, ¿de acuerdo? Seré un hijo de puta en muchas cosas pero no tengo entrañas como para follarme a una niña, ¿sabes? Palabra de Kael. Y eso que eres realmente preciosa… Pero lo único que voy a hacer es ser tu jefe, decirte con quién tienes que ir y qué tienes que hacer. ¿Entiendes? ¿Es fácil verdad?
–No me das ningún miedo hijo de puta, tú no tienes ni idea de por lo que yo he pasado. No sería la primera vez que un adulto abusa de mí. Los soldados estadounidenses nos violaron a mí  y a mi madre ante de los ojos de mi padre. Luego yo huí y a ellos los mataron.
Por un momento Kael se ablandó. Su mirada ya no era la del principio. Esa niña había dicho más de la cuenta. ¿Por qué no había podido omitir aquello? Había podido sentir su dolor. Él también era huérfano. Su padre fue asesinado por temas de tráfico de drogas cuando él sólo era un crío y su madre había muerto de Sida en los ochenta. Encendió un Chester y miró a la niña.
–Lo siento. No lo sabía.
La niña gimió y derramó una lágrima.
– ¡Joder! Gritó Kael echándose la bronca a sí mismo. Se puso otra raya y la engulló con la tocha. Mira, yo también sé lo que es el dolor de crecer sin padres. Siento que te estés viendo envuelta en esto, pero en la residencia esa de huérfanos no te adoptará nadie. Olvídate de ese centro. Yo puedo enseñarte cómo hacer dinero, puedo enseñarte a buscarte el pan por tu cuenta.
La niña empezó a llorar un poco más intensamente.

Ni a él mismo le sonaron bien esas palabras. ¿Qué coño estaba haciendo? ¿Le estaba vendiendo a esa niñita que podía darle una vida mejor? ¿Ser algo así como su nuevo padre? ¿De verdad? ¿Haciendo dinero a su costa y prostituyéndola? Puta cocaína, putas rayas… le estaban dejando el coco hecho un auténtico lío, ¡un auténtico lío! Antes nunca habría dudado en prostituir a una niña… su dinero era lo primero. ¿Por qué con ésta sí? ¿Qué demonios tenía? ¿Se apiadaba de ella y de su desgraciada vida? ¿O qué? ¿Se sentía identificado con ella? ¿Qué si no?

Se levantó y le desató las manos y los pies de la silla.  Ayudó a la niña a levantarse. Le llegaba por la altura del obligo. Dios… era sólo una niña, debería estar jugando con sus amigas en el parque, hablando de los chicos de su clase, riendo, imaginando, soñando… no poniéndose de rodillas para cincuentones puteros y pedófilos babosos. No debería conocer el tacto o el sabor de una polla, pero la pobre ya lo conocía, y a partir de ahora iba a conocerlo mejor que nadie. No había derecho. Puto mundo de mierda. El corazón de Kael, después de muchos años, parecía que, aunque sólo fuera un poco, volvía a latir como antes.
Cogió a la niña por el rostro, la acercó hacia su cara y la miró a sus preciosos ojos verdes.
–Te sacaré de aquí. Le dijo. Palabra de Kael. Había bondad en su mirada y la niña lo sabía.

¿Qué coño iban a decir los que eran sus socios en este negocio? Los que le cubrían las espaldas, le facilitaban clientes, le suministraban niñas… Kael hacía el trabajo sucio, algo así como el contacto entre el chulo y el cliente. Luego sus jefes le daban su parte del pastel, auténticos peces gordos. Así funcionaban las cosas. Le habían conseguido a esa niña tan bonita para que él la explotara y luego cobrar parte de los beneficios. No podía liberarla, era imposible, no le pertenecía.

Sonó el móvil; era un cliente habitual de sus putas. Kael no contestó.
–No te preocupes. Le dijo a Yasmín. Lo único que tengo que hacer es pensar a donde llevarte antes de que mis jefes te vuelvan a coger. La niña iba entendiendo de qué iba el asunto.
El móvil volvió a sonar. Esta vez se trataba de uno de sus jefes, un capo. Tenía que contestar a la fuerza, se encontraba en posesión de una niñita que les pertenecía a ellos. Doce añitos, una auténtica joya. Si no respondía lo lincharían. Esa gente que controla las redes de prostitución infantil no se anda con tonterías, no dudan un segundo cuando es su dinero el que está en juego.
–Dime Montoya.
–Me ha llamado Óscar Valdés, dice que no contestas. ¿Qué diablos te pasa? ¿Estás gilipollas? Es uno de nuestros mejores clientes, no le hagas esperar. No me jodas. Hablaba con acento sudamericano. Montoya era un magnate de las mafias venezolanas residentes en España.
–Lo siento, es que estaba ocupado y no he podido contestar al móvil porque…
–Me importa una mierda. Valdés quiere probar a la niña. Llévala ahora mismo a su mansión, y hazlo en menos de media hora, ¡¿estamos?!
–Sí, sí, ningún problema, ahora mismo voy.

Colgó y miró a la niña. Esos tristes ojos verdes le rompían el corazón. Pero, ¿qué podía hacer? Era la niña o él. Tenía que alejarla de allí lo antes posible. ¿O no? ¿O quizás debiera hacer el trabajo sucio y salvar su culo?
–Ven conmigo pequeña, te llevaré a un lugar seguro. Concluyó Kael.
Cogió el coche y sentó a la niña en el asiento de copiloto. Empezó a conducir con rapidez hasta que, ya en las afueras, aparcó el coche en frente de una gran villa.
–Ven, bájate. Aquí vive un gran amigo mío. Te tratarán bien, créeme. Él te cuidara. Te quedarás en su casa hasta que todo se arregle, volveré a buscarte en cuanto pueda, y ya pensaremos en algo ¿de acuerdo? Palabra de Kael.
La niña sonrió y abrazó a Kael. Sin otra elección, se bajó del coche y Kael la llevó de la mano hasta el porche, tocó el timbre, la puerta se abrió y Kael la metió dentro. Volvió a su coche con inquietud y se puso otra raya en el salpicadero.

En efecto, esa no era en absoluto la casa de ningún amigo suyo, sino la mansión de Óscar Valdés, el putero millonario con el que debía enviar a Yasmín esa misma noche. Pobre niña, qué ilusa… ¿Acaso tenía Kael pinta de tener amigos con esas casas? ¿Quién se creía eso? Si no era más que un ratero de barrio…
“¿Te tratarán bien?”… Sí, claro… te van a llevar de crucero por Grecia una semana y a invitarte a puto marisco… no te jode… Pobre Yasmín. Maldita su inocencia.
¿Cómo coño había sido capaz de engañar así a esa pobre niña? ¿Cómo había tenido la crueldad de mandar a esa inocente ricura a manos de un puerco que sabe Dios lo que haría con ella? No quería ni imaginarlo. ¿Cómo había traicionado a la llamada de su corazón que le incitaba a salvarla? ¿Por qué?

Quizás hubiera sido por salvar su pellejo, algo comprensible, ¿no? Quizás lo hubiera hecho porque estaba asustado. O quizás lo había hecho por amor ¿Por amor? Sí, por amor; amor del sucio. Amor por el dinero, lo que mueve el mundo. Amor por el sucio dinero. Dirty Love.
Kael cobró el cheque a la mañana siguiente.

lunes, 31 de octubre de 2011

Amor de madre

Amor de madre

Julito cruzó el paso de cebra situado justo en frente de su portal. Volvía a casa con la mochila al hombro y con su particular seriedad permanente. Julito era un chaval no muy distinto del resto de chavales de doce años. No hacía gran cosa: marcar goles en el recreo, ignorar y criticar a las niñas de su clase… lo típico. Tenía un ego y una autoestima muy altos para un niño de su edad. Su mediocridad en los estudios era por pereza, no por falta de capacidad. Eso era algo que él tenía muy claro.

La puerta del portal estaba abierta. Subió las escaleras hasta el cuarto piso y tocó el timbre. Había solamente un pequeño detalle de la personalidad de Julito que lo desmarcaba del resto, sólo uno. A Julito había algo que le robaba el sueño: Julito quería asesinar a su padre. El chico amaba desmesuradamente a su madre, Tania. Amaba la forma en la que le trataba, le hablaba, le tocaba, le mimaba… La amaba con locura. La amaba hasta tal punto de sentir celos de su propio padre cuando éste la besaba, la acariciaba, o le decía algo cariñoso. Para Julito, el cerdo de su padre era demasiado vulgar para su madre. Y el deseo de matarlo despiadadamente era cada día más intenso. Él no la merecía, no era digno de ella.

Su madre abrió la puerta y le dio un fuerte beso en la mejilla. A los cinco segundos separó los labios de su rostro, dejándole una enorme mancha de carmín que en seguida borró cariñosamente con la mano y con algo de saliva de mujer. Julito sonrió, le dio un abrazo y la observó. Era lo más atractivo que había visto nunca. Apenas había cumplido los cuarenta y no los aparentaba, era rubia natural, esbelta y risueña, iba siempre arreglada y sonriente y olía como una femme fatale. Sencillamente irresistible.

Julito entró en el salón y besó a su padre Abraham con una naturalidad, cuando menos, forzada. Odiaba el tacto de su barba judía, le pinchaba y le raspaba la cara. Odiaba su expresión seria y borde, su calva, sus cejas gruesas, sus pelillos en la nariz, su olor a colonia barata… ¿Cómo podía su madre aguantar aquello? Estaba convencido de que ella también lo odiaba a muerte. Tenía que ser así a la fuerza, seguro, sin duda. La sola idea de pensar en ese rufián haciendo el amor con Tania le proporcionaba ganas de vomitar. Julito merendó viendo dibujos animados en la tele, sentado junto a su padre, quien leía el periódico tranquilo.

Todo parecía en orden hasta el momento en el que su madre dijo que saldría a hacer un recado, y al despedirse de ambos dos y dirigirse hacia la puerta, su padre tuvo la genial idea de darle un pequeño cachete en el culo a Tania, al cual ella respondió con una risita. Julito simplemente no pudo con aquello. Eso ya era demasiado. Se sobresaltó hasta tal punto que tuvo que fingir que tosía. Su padre había cruzado la fina línea entre una broma y una falta de  respeto hacia su madre y él no estaba dispuesto a pasarlo por alto.

Se dirigió a la cocina con naturalidad y sin mediar palabra y cogió el cuchillo más grande que encontró. “Ya no. Ya no volverás a tocarla, no volverás a tocarla nunca más.”, repetía para sí.

Ocultando el cuchillo con un trapo de cocina volvió al salón. El gran momento por fin había llegado. Su padre estaba inmerso en la lectura de “La Razón”. Lleno de odio y sangre fría, Julito clavó el cuchillo en su vientre profundamente y lo retorció con toda la fuerza que un niño de doce años puede llegar a tener. Julito miraba a su padre a los ojos y sonreía mientras el otro se retorcía de dolor con la boca abierta mirando a su hijo con cara de incredulidad. Julio Sacó el cuchillo de sus tripas con brusquedad mientras el sofá y el suelo se pringaban de sangre y su padre caía desplomado al suelo.

Julito se cambió de camiseta y echó a lavar la ropa ensangrentada. Cogió una buena postura en el sofá y siguió viendo los dibujos animados con el cadáver de su padre Abraham a poco más de un metro de distancia. Julio se desternillaba con los dibujos.

A la media hora se oyó el sonido de las llaves, y su madre Tania entró en casa. Julito fue corriendo a recibirla con una gran sonrisa y la abrazó con fuerza. Ella estaba radiante.
— Ya está mamá. Ya ha pasado lo peor. Ya nunca más volverá a molestarnos. Su madre le sonrió con su dentadura perfecta.
— ¡Ay Julito! ¿Pero de qué hablas, mi amor?
Tú sólo deja que yo me encargue mamá. Tú ya no te tienes que preocupar de nada en absoluto, ¿de acuerdo? Ante estas palabras su madre, inocente, se rió con ternura y le dio un gran beso a su hijo.
— ¿Pero se puede saber de qué estás hablando cariño?
Julito sonrió, apoyó su moflete derecho en el regazo de su madre, y dijo con los ojos cerrados:
— Pronto lo sabrás, Tania, pronto lo sabrás…

martes, 11 de octubre de 2011

Nadie jode con Floyd Mayweather


Nadie jode con Floyd Mayweather
Tan sólo habían pasado unas pocas horas desde que el combate había tenido lugar. Todo el mundo que había asistido al ring a ver a los dos púgiles se dirigía hacia su casa comentando la polémica de dicho combate.
“¡Mayweather es un sucio y un traidor! El árbitro debería haberle descalificado y dar la victoria a Ortiz.” –decían algunos. – “¡No, no, no! Ortiz se lo merece por dormirse en los laureles. Mayweather estaba en todo su derecho de golpear a Ortiz, el árbitro ya había reanudado la pelea. Mayweather no es un tramposo, ha sido un justo vencedor aprovechando el error de su rival.” – contestaba otro. – “Mayweather no es más que un bujarra, que se deje de abrazos y de besuqueos y que pelee, que es lo que tiene que hacer.” – apuntaba un tercero.
Sin embargo, lejos de toda esa muchedumbre de verborrea fácil, a kilómetros de distancia, en un bar de carretera, se encontraba nuestro amigo Mayweather sentado solo a una mesa, con gafas y sombrero, derrochando estilo, algo típico en él, frente a  una copa de whisky del caro, mientras fumaba un cigarrillo. No llamaba demasiado la atención, y menos en un bar como aquél, al que sólo solían ir borrachos, acabados, divorciados, parados y demás gentuza con mucho tiempo libre. Pero en esta ocasión se encontraba totalmente vacío a excepción del camarero y de un hombre en la otra punta del bar, sin levantar la vista de su periódico.
De pronto la puerta se abrió y entró un hombre en gabardina. Afuera llovía a cántaros. El individuo entró con gesto sobrio y se dirigió a la barra. Pidió un vaso de agua. Al recogerlo, se dirigió hacia la mesa de Floyd Mayweather, se quitó la gabardina y tomó asiento frente a él.
-Llegas tarde. –dijo Mayweather.
-Lo bueno se hace esperar. – contestó el otro.
En efecto, se trataba de Víctor Ortiz, su compañero de profesión. Se miraron fijamente durante unos segundos para finalmente acabar esbozando ambos una gran sonrisa.
-¿Te duele el golpe?
-Me diste bien fuerte. – respondió Víctor.
-Tenía que parecer creíble – añadió Mayweather – además, soy el campeón del mundo. ¿Qué coño quieres? Yo siempre pego fuerte.
-Siempre tan arrogante…
-¿Sólo bebes agua? ¿ No te tomas una copa ni en ocasiones especiales como ésta?
-Intento cuidarme. Tú deberías hacer lo mismo.
-A la mierda el cuidarse. Soy el campeón del mundo. Mi estilo de vida es vivir la dolce vita.
Hubo una pequeña pausa de 30 segundos en la que ninguno dijo ni hizo nada, salvo beber su copa. Daba la impresión de que ambos deseaban que aquello terminara cuanto antes. Entonces, Ortiz no pudo contener más su prisa y su exaltación.
-¿Trajiste la plata?
Mayweather bebió un trago antes de responder. Se terminó su copa.
-La tengo en el coche. –respondió. – Espera aquí 5 minutos y la tendrás.
Se levantó de su asiento y antes de dirigirse hacia su coche contempló a Ortiz, quien se encontraba sentado mirándole, le agarró del cuello de forma cariñosa y le dijo:
-Eres una gran persona. Una gran persona y un gran boxeador.
Ortiz sonrío y le devolvió el cumplido. Tras esto, Mayweather desapareció por la puerta.
Aquellos 5 minutos se le hicieron eternos a Ortiz. Le dio tiempo a terminarse su vaso de agua y a pensar en lo que haría con el dinero de la pelea amañada que acababa de perder tras pactarlo con Floyd Mayweather. Cosas de la vida.
En aquellos instantes el hombre del periódico se había levantado de su asiento. Ortiz lo observaba. Se dirigía a la salida. Entonces Ortiz lo entendió todo. Nadie jode con Floyd Mayweather. Pero ya era demasiado tarde. Aquel hombre sacó su pistola con silenciador y acertó en la cabeza del púgil. Salió del bar con total naturalidad. Afuera estaba Floyd Mayweather en su coche observando. El hombre se dirigió hacia el coche. Floyd bajó la ventanilla.
-Deuda saldada señor Mayweather. Está muerto.
-Lo siento mucho. Era un buen tío. Y en lo que a ti y a mí respecta, estamos en paz.
Subió la ventanilla y su coche se perdió entre la niebla. Una gran promesa acababa de morir asesinada. Posiblemente era el chaval que le quitaría el título de campeón mundial a Mayweather al cabo de un par de años, cuando éste ya estuviera decayendo. Pero ya no lo sería.
Mayweather puso la radio. Hablaban de su victoria. El púgil esbozó una media sonrisa.
“Nadie jode con Mayweather.” Dijo en voz alta. “Nadie jode con Floyd Mayweather.”